martes, 5 de marzo de 2013

PALABROS FINOS


Os dejo un interesante artículo, muy acertado en mi opinión, aunque discrepe en algún aspecto puntual (como en lo que comenta del uso del dijo en los diálogos, que creo que habría que matizarlo).

Para leer, pincha aquí.

viernes, 15 de febrero de 2013

OLÉ


Siempre he defendido la alegría a la hora de escribir. La alegría como producto de la felicidad que da ser capaz aún de hacer eso que constituye nuestra pasión. Escribir, en este caso. La alegría de poder desapegarse del resultado, incluso de lo que motiva la escritura (todos sabemos que la vida duele, que es pérdida tras pérdida, que estamos bastante solos en el fondo, que nos cuesta infinito más uno comunicar quién somos —si es que llegamos a saberlo— y que hay gente muy, muy mala... sabemos bien todo eso, incluso tenemos mucha necesidad de expresarlo, vale), desapegarse de todo eso —decía—, sentarnos delante del ordenador, o del papel en blanco, y sencillamente hacer lo que estamos llamados a hacer. Con alegría (y es verdad que a veces es una alegría furiosa, incluso entristecida), con pasión, solo porque disponemos de esa oportunidad, en ese instante concreto. Y en ese instante concreto a nadie le importa si somos buenos o no, si tenemos más o menos talento. Si alguien querrá publicarnos algún día, o si lograremos reunir el valor para enseñarle a nadie eso que escribimos. Podemos escribir las bazofias que queramos, porque somos libres. Cuando escribimos somos libres. Así que solo tenemos que hacerlo: escribir. Hacer lo que sabemos. O lo que queremos saber hacer. Solo así, día tras día, podremos aspirar algún día a brillar.

domingo, 16 de diciembre de 2012

ORLANDO (II)


"Sin embargo, no tardó en advertir que las batallas por Sr. Miles y los otros para ganar un reino contra caballeros con armadura, eran menos arduas que la emprendida por él ahora para ganar la inmortalidad contra la lengua inglesa. El lector que haya intimado con las severidades del trabajo de redactar no necesitará pormenores: cómo escribió y le parecio bueno; releyó y le pareció vil: corrigió y rompió; omitió; agregó, conoció el éxtasis, la desesperación; tuvo sus buenas noches y sus malas mañanas; atrapó ideas y las perdió; vio su libro concluido y se le borró; personificó sus héroes mientras comía, los declamó al salir a caminar; rió y lloró; vaciló entre uno y otro estilo; prefirió a veces el heroico y pomposo, otras el directo y sencillo; otras los valles del Tempe; otras los campos de Kent o de Cornwall; y no llegó nunca a saber si era el genio más sublime o el mayor mentecato de la tierra."
Virginia Woolf. Orlando.

martes, 4 de diciembre de 2012

ORLANDO



"Un apuesto caballero como él, decían, no necesitaba libros.  Que dejara los libros, decían, a los tullidos y a los moribundos. pero algo peor venía. Pues una vez que el mal de leer se apodera del organismo, lo debilita y lo convierte en una fácil presa de ese otro azote que hace su habitación en el tintero y que supura en la pluma. El miserable se dedica a escribir. Y si eso ya es bastante malo en un pobre, sin otra propiedad que una silla y una mesa debajo de una gotera —pues a fin de cuentas no tiene mucho que perder—, el trance de un hombre rico que tiene casas y ganado, doncellas, burros y ropa blanca, y sin embargo escribe libros, es penoso en extremo. Se le escapa el sabor de todo; lo torturan hierros candentes: lo roen los gusanos. Daría el último centavo (¡tan virulento es ese mal!) por escribir un solo librito y hacerse célebre; pero todo el oro del Perú no puede comprarse el tesoro de una frase bien hecha. Se enferma, cae en una consunción, se vuela los sesos, vuelve su cara a la pared. No importa en qué actitud lo encuentran. Ha atravesado las puertas de la Muerte y ha conocido las llamas del Infierno."

Orlando. Virginia Woolf. (Traducción de J Luis Borges).

martes, 11 de septiembre de 2012

ARTESANÍA


Es casi un tópico la distinción entre arte y artesanía, referida a la literatura culta y a la literatura popular. Hay muchos tópicos, no descubro nada nuevo, con respecto a ambas. Tantos que entrar a desentrañarlos resulta una misión imposible. Además, los tópicos, los lugares comunes tan denostados en los territorios de la creatividad, poseen una valiosa función didáctica. Es la vertiente práctica de ver el vaso medio lleno. 

Internet a veces te da sorpresas. Una muy agradable es la que a continuación voy a enlazar: un diálogo, a mi entender muy interesante, entre Sergio Vila-Sanjuán y Arturo Pérez-Reverte que merece la pena escuchar. Por muchas razones: porque suele ser motivador conocer cómo desempeñan su oficio los distintos escritores; porque es ameno; porque es posible que sea una impresión mía, pero en los círculos nobles de la literatura se actúa como si la literatura popular no existiera, o como si fuera el enemigo: como si no debiera existir. Encuentro que esta conversación es esclarecedora en este sentido: las fronteras son sutiles, el tiempo tiene mucho que decir con respecto al canon. Y me permito hacer un apunte: aquéllos que más critican las novelas de entretenimiento, (a las que también llamaremos Best-sellers, vendan mucho o poco) suelen haber leído muchas sin darse cuenta de ello, o no haber leído ninguna y permitirse criticar. Supongo que la palabra clave es calidad. Pero no me enrollo. Tiempo habrá.

 

domingo, 19 de agosto de 2012

ESCRIBIR UNA NOVELA I

                                          La foto es de aquí.

Escribir una novela es un trabajo hacia dentro, hacia los estratos más profundos. Durante mucho tiempo no hay nada que enseñar, y prácticamente nada de qué hablar, porque suele suceder que cuando martirizamos a algún amigo amable y le contamos de qué estamos escribiendo, lo enunciamos en voz alta, el argumento nos suena ridículo, absurdo, vacío. Cuatro hojas y un tallo raquítico que no parecen valer nada. El verdadero trabajo es hacia lo hondo, sin testigos. Solos en casa, escribiendo. O con los ojos mudos observando el mundo y tomando notas, dejando que cale la gente, la vida en las capas más profundas, bajo nuestra permeable epidermis de escritores.
Las novelas crecen hacia dentro y no deben salir hacia la luz hasta que estén listas. Mientras tanto, paciencia, trabajo, tierra, agua, soledad, silencio.

lunes, 25 de junio de 2012

CAMINO DE IDA


MIRCEA ELIADE
El burdel de las gitanas. Ed Siruela.
 Ojito: contiene spoilers

 Leí a Eliade hace muchos, muchos años y recuerdo que me gustó, y nada más. Este año me volví a encontrar con él.
De la vida de Eliade muchos hablan con reticencia incluso con hostilidad; se oyen palabras feas como antisemitismo, ultraderecha, etc. Yo no me meteré en esos jardines. Solo me dejo sorprender por su prosa de ficción, exacta y precisa, cargada de matices. Flexible, a pesar de su rigor; al menos lo suficiente como para dejarnos instalados en el misterio (El secreto del doctor Honigberger) o como para hacernos saborear la amargura de quien echa la vista atrás cuando ya no hay remedio y descubre, sin descubrirlo, que se ha equivocado en casi todo.

La temática de fondo y la ceguera primordial del protagonista son puntos comunes entre El burdel de las gitanas y Los restos del día, en la entrada anterior. Siempre hablamos de lo mismo, o escribimos de lo mismo, dicen algunos.
Cuando la vida llega a su final y nos vemos dotados de repente con esa clarividencia que no es tal, sino que solo es perspectiva, y descubrimos que nos hemos equivocado, que erramos el camino... ¿qué hacer?
¿Qué se hace cuando no hay marcha atrás?
¿Hay marcha atrás alguna vez en la vida?
Pero me estoy yendo por las ramas y yo he venido aquí a hablar de mi libro, de El burdel de las gitanas.
Recordar el pasado disfrutado, las tentaciones en las que caímos, las que dejamos pasar, las oportunidades; sumergirse a ciegas en los recovecos de la memoria debe de ser muy parecido a ese paseo por el interior caótico y sensual del burdel de las gitanas. Un lugar donde el tiempo no es lo que pensamos. O donde acudimos sin remedio cuando el tiempo deja de ser lo que pensamos: minutos, hilo conductor, sustrato de los días.
Es decir, cuando estamos muertos.
Eliade lo cuenta muy bien. Un día nos morimos y seguimos yendo en el mismo tranvía de todos los días. Quizá ni nos demos cuenta. Hablamos de lo mismo, trabajamos, observamos los mismos paisajes a través de las ventanillas, o incluso constatamos algún cambio, árboles que de repente dan sombra.
Ese tranvía recorre nuestra vida de cabo a rabo y parece obligado a conducirnos al burdel. Allí tenemos que responder al acertijo. Siempre hay un acertijo. Y muchas veces, erramos la respuesta, como en todo lo demás. Por indecisión, por error de percepción. Como Gavrilescu, que es profesor de piano, pero que repite demasiadas veces que él es un artista, como para que lo creamos. Porque suele suceder que lo que más repetimos es lo que menos somos y lo que más queremos ser. Y Eliade lo sabe. Y se las apaña para que nosotros, los incómodos lectores, lo sepamos, pero no Gavrilescu. Bastante tiene el pobre hombre con combatir al calor, al sol martillo que nubla su consciencia, que le obliga a desnudarse para soportarlo. Porque ha perdido su sombrero y ya no puede abanicarse.
Gavrilescu recuerda, pero no sabe. No sabe que se equivocó, que no da una a derechas. Por no saber no sabe ni que ha muerto. O quizá es que no ha muerto: Eliade es generoso, y nos deja que nosotros decidamos. A pesar de que cambie ese tranvía por un carruaje negro, con penachos negros y caballos entrenados, y un cochero comprensivo y afable que se muestra dispuesto a conducirnos al bosque, al locus amoenus donde quedarnos. Ya sin tiempo. Ya sin nada que temer.