lunes, 8 de julio de 2013

RAREZAS



Hay un aspecto que los escritores comparten con pintores y fotógrafos: la importancia de la mirada, de la observación de la realidad. Casi me arriesgaría a decir que la capacidad de mirar es una de las claves de la calidad de la escritura. Registrar lo ordinario y lo extraordinario, saber escoger los detalles visibles que definen lo que hay debajo. No dejar que aparezca ningún personaje sin dar alguna pincelada de cómo es.
Donna Leon, en el estupendo curso sobre novela policíaca que dictó en la UIMP, lo explica muy bien, en referencia a Dickens. Él hacía bailar en sus novelas a un montón de personajes secundarios, y todos eran extraños. Dice Leon que con la edad se dio cuenta de que aquello que Dickens hacía no era ninguna licencia de la ficción, sino que era la pura realidad. Estamos rodeados de personas que muestran sus rarezas a cada paso; gente peculiar que habla sola por la calle; cambia de dirección de pronto; mira con suspicacia y se muestra irritable; te llama cariño; tiene verrugas en sitios sorprendentes, o tatuajes que cuentan cosas tremendas, si uno se anima a dejar volar la imaginación. Hay quien parece que pide perdón a cada paso, y quien camina a diez centímetros sobre el suelo. Y hay un conductor en la línea G que —lo he visto durante dos años— siempre está enfadado porque el resto de vehículos van lentos.
La realidad es la fuente de la que emana la novela. Hay que abrir bien los ojos, pues, para dar vida auténtica a esos personajes, en cuyos hombros asentamos el mundo. Hay que mirar muy bien para ver —y poder pintar después— cada luz y cada sombra. Lo normal no existe: las personas normales son la rareza. 

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